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Vargas Llosa en Bookworm, la entrevista Octubre 8, 2010

Posted by salcoba in : ambigüedad , trackback

—”Desde que comencé a publicar libros me han hecho decenas, acaso centenares de entrevistas, y todas las fui olvidando a medida que ocurrían. Menos una, que, con el tiempo ha ido cobrando proporciones míticas en mi memoria. Ocurrió hace unos veinte años, en el curso de un enloquecido viaje de diez días por los Estados Unidos, con motivo de la aparición de una de mis novelas en inglés. [...] 

Pero las veinticuatro horas que pasé en Los Ángeles justificaron esa gira en la que casi dejo el pellejo. Comenzó al alba, cuando la encargada de pilotarme por las obligaciones del día me recogió en el hotel para llevarme al recinto de un college de un suburbio negro de la ciudad, donde, me explicó, había tenido que “refugiarse” el director del programa de radio que me iba a entrevistar. Se llamaba “El gusanillo de los libros” (no confundirlo con la “polilla”, por favor). “Los programas dedicados a la literatura tienen la vida difícil en este país”, precisó. Pero añadió que, pese a su apariencia paupérrima, “El gusanillo de los libros” era escuchado en toda California por la gente que visitaba librerías y compraba libros. Y que era un verdadero privilegio aparecer en él porque su editor era muy “discriminatorio” (palabra ['selectivo'] que en inglés es un elogio).

Sí, el local no podía ser más miserable. Un pequeño galpón oscuro, en un rincón perdido de un college de tercera o cuarta categoría, que dividía un cristal impulcro a un lado del cual estaba el técnico y su equipo de grabación y, al otro, el “gusanillo” en persona, sentado en una silla de inválido. Se trataba de un hombre joven, algo grueso, y que, pese a su limitación física, se movía con desenvoltura. Parecía muy serio. Me acurruqué como pude a su lado y me explicó que el programa, de una hora, consistiría en una primera media hora en la que él “contaría” mi libro a sus oyentes, ilustrando su relato con algunas lecturas, y que, en la segunda mitad, conversaríamos. Apenas comenzó a hablar quedé prendido de lo que decía y, casi inmediatamente, conquistado. Tenía la impresión de que hablaba de un libro ajeno, pero no porque traicionara en lo más mínimo mi historia, sino porque su síntesis más bien la embellecía, depurándola y reduciéndola a lo esencial. No hacía la menor crítica, no daba opinión personal alguna, se limitada a “contar” la novela con una neutralidad absoluta, desapareciendo detrás de los personajes y la historia, sustituyéndolos en cierto modo, con una destreza consumada y pequeños pero muy eficaces efectos -pausas, énfasis, cambios de tono- que enriquecían extraordinariamente aquello que contaba. No sólo había leído el libro de manera exhaustiva; había seleccionado de modo tan certero los fragmentos que me hizo leer que éstos, a la vez que ilustraban muy exactamente su relato, dejaban en el oyente una curiosidad afanosa sobre lo que vendría después.

El diálogo fue para mí tan sorprendente como la primera parte de su programa. Sus preguntas no incurrían en los inevitables lugares comunes ni se apartaban un segundo del libro que nos tenía allí reunidos. Más bien, me obligaban a retroceder a la época en que por primera vez tuve la idea de aquella ficción, a rememorar las experiencias que me la sugirieron, y, luego, al proceso que la fue plasmando en palabras, a las lecturas, ocurrencias, memorias de que me fui sirviendo a la hora de escribirla, y, por último, a revelar aquellas intimidades más secretas que, como ocurre casi siempre cuando uno escribe una novela, fueron apareciendo, atraídas misteriosamente por la imaginación para irrigarla, para dar apariencia de vida a los fantasmas. [...]

Cuando terminamos lo felicité, le agradecí, le dije que me había hecho aprender mucho sobre mí mismo, y que era un fabuloso contador de historias. Quedó un poco intimidado con mi entusiasmo. Era un hombre modesto, que, por lo visto, no tenía la menor conciencia de su genialidad. Él creía que con su programa no hacía otra cosa que satisfacer su pasión de lector y ganarse -seguro que a duras penas- los frejoles, tratando de contagiar a sus oyentes el apetito por la literatura. Pero la verdad es que “El gusanillo de los libros” era mucho más que eso. Una variante contemporánea de la antiquísima tradición de los contadores de historias, los remotos ancestros de los escritores, aquellos fantaseadores que desde la noche de los tiempos han acompañado la marcha de la historia verdadera añadiéndole una historia fingida, inventada, mentirosa, indispensable para hacer más grata, o menos ingrata, la vida de los seres humanos. Sólo que, “el gusanillo” de mi historia -es una vergüenza que no recuerde su nombre, o, acaso, nunca lo supe-, en vez de fraguar historias, las adaptaba, tomándolas de los libros que le gustaban y transformándolas en historias orales, como aquellas que narraban las hechiceras junto al fuego o cuentan todavía, en los pueblos antiguos, como Irlanda o las tribus indígenas del Canadá, de Estados Unidos, de México y Guatemala o de los Andes, los juglares ambulantes. [...] Qué ingratitud no recordar el nombre del “gusanillo” ni el del librero de Los Ángeles.” (MARIO VARGAS LLOSA, “El gusanillo de los libros“, El País, 21/08/2005)

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